El café no es solo una bebida: es una materia prima global que se compra y vende en los mismos mercados que el petróleo o el oro.
El café es la segunda bebida más consumida en el mundo después del agua, y millones de personas lo consumen a diario. Eso lo hace un producto con demanda predecible, masiva y sostenida.
Aunque se consume en todo el planeta, solo puede cultivarse en la llamada “franja del café” (países entre los trópicos, como Brasil, Colombia, Etiopía, Vietnam o México). Eso crea un mercado relativamente pequeño de productores para un consumo mundial enorme. El café es como el petróleo de las bebidas: se produce en pocos países, pero lo consumimos todos los días en todo el mundo. Por eso, su precio depende de un mercado internacional, no solo local.
El café se clasifica en calidades y se comercializa en sacos estandarizados (normalmente de 60 kgs), lo que lo hace apto para ser un commodity (materia prima con características homogéneas).
Al igual que el trigo, el maíz o el petróleo, el café se cotiza en bolsas como la Bolsa de Nueva York (ICE). Allí los compradores y vendedores acuerdan precios futuros para protegerse de la volatilidad (cambios bruscos en el precio por clima, cosechas o política). Así como el precio de la gasolina sube o baja según la bolsa internacional, lo mismo pasa con el café. Aunque lo compren en Tapachula, su valor se define en Nueva York y Londres.
Bancos, fondos de inversión y traders también participan, no para consumir café, sino porque es un activo atractivo para especulación e inversión.
Cuando pagas por un café tostado o molido kilo, también apoyas a productores que dependen de un mercado global que a veces es injusto. Por eso vale tanto elegir café de calidad y origen justo.
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